sábado, 11 de abril de 2015

Oro en pólvora

“Las armas son instrumentos fatales que solamente deben ser utilizadas cuando no hay otra alternativa” escribió Sun Tzu en su célebre libro El arte de la guerra a finales del siglo IV a.C. Difícilmente hubiese podido imaginar que el curso de la historia vaciaría de contenido su frase. Es cierto que la beligerancia existe desde mucho antes que el capitalismo, pero éste ha logrado transformar la esencia misma de la guerra. En un mundo en donde el ánimo de lucro atraviesa ¿casi? todas las actividades humanas, esa idea de que “en la guerra no hay ganadores” merece ser revisada. Efectivamente hay quienes ganan –y mucho- en una guerra: los fabricantes de armas.  Y si en una guerra ganan bastante dinero, en muchas guerras ganarán mucho más. ¿Quiénes y cuántos son los principales fabricantes de armas? ¿Cómo aseguran la rentabilidad de su negocio? ¿Es correcto ganar dinero a expensas del sufrimiento y la muerte de terceros? ¿Acaso el rasgo distintivo del capitalismo, la propiedad privada, implica que la sociedad necesita armarse para protegerla a cualquier precio?  


El Complejo

En el mes de enero de 1961 el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower pronunció un discurso de despedida con motivo del fin de su segundo mandato[i]. Allí advirtió a la nación que “el gobierno debe cuidarse de la influencia del complejo militar industrial”. Para ese entonces Estados Unidos ya era la primera potencia militar del mundo, a pesar de que menos de cincuenta años atrás no contaba con una industria armamentística propiamente dicha. La participación del país en los dos mayores conflictos globales de la primera mitad del siglo XX había obligado a la industria civil a reorientar, de manera improvisada, su producción para proveer de insumos a las fuerzas armadas estadounidenses y aliadas. Dicha improvisación no podía continuar en la posguerra: era necesario contar con una industria bélica permanente. Y, lógicamente, ésta debía ser de enormes dimensiones. La Defensa es una función del Estado, pero bajo la lógica liberal capitalista subyace la idea de permitir y estimular la participación del sector privado y, obviamente, garantizarle la rentabilidad por hacerlo. En su discurso, Eisenhower señalaba que “anualmente gastamos en seguridad militar más que el ingreso neto combinado de todas las compañías estadounidenses. Esta conjunción de un inmenso establishment militar y una enorme industria militar, es nueva en la experiencia estadounidense. Su influencia total, económica, política e incluso espiritual, es percibida en cada ciudad, cada administración pública, cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperiosa de su desarrollo, sin embargo no debemos dejar de comprender sus graves implicaciones.”. Los costos de investigación y desarrollo de la tecnología relacionada con la Defensa se volvieron tan elevados que sólo el Estado es capaz de financiarlos, agregaba el presidente saliente. Visiblemente incómodo, Eisenhower recordó a sus compatriotas que el objetivo de Estados Unidos debe ser la paz, la prosperidad y la libertad; y que la creciente influencia del complejo militar industrial representaba un peligro para la democracia.




Cifras que matan

Fabricar armas no es ilegal. Lógicamente se deben cumplir una serie de requisitos para poder hacerlo, pero no se trata de una actividad prohibida. De hecho, las empresas que se dedican a ello han demostrado que se trata de un negocio muy lucrativo. El sector privado fabrica las armas y el sector público las compra. Por supuesto que los particulares también pueden comprar armas (y efectivamente lo hacen), pero los misiles, aviones, submarinos, tanques y portaviones, por mencionar algunos ejemplos, son demandados exclusivamente por el sector público. El Instituto Internacional para el estudio de la Paz de Estocolmo (http://www.sipri.org) establecido en 1966 es, como su nombre lo indica, un instituto independiente dedicado la investigación de conflictos, armamentos, control de armas y desarme. Cuenta con una base de datos de consulta obligatoria para cualquier información que se desee conocer acerca de la situación armamentística del mundo. Lo primero que llama la atención al momento de buscar datos en el sitio es la aclaración de que no existe un consenso internacional acerca de qué constituye un “arma”. Los países del mundo no han logrado una definición única e incuestionable acerca de qué objetos deben ser considerados armas y cuáles no. Luego se advierte al lector que cada gobierno utiliza sus propios métodos para medir y recolectar datos del sector, lo cual imposibilita la homogeneidad de la información relevada por el Instituto. Finalmente, no todos los países producen información oficial sobre su industria bélica, pero aquellos que sí lo hacen explican el 90% del volumen total exportado de las armas de mayor porte. Con esta información, asegura el Instituto, se puede inferir el valor del comercio mundial de armas (estimado en USD43 billones), aunque probablemente la cifra real sea superior. En lo que respecta a datos agrupados por países puede destacarse que:

·         Del gasto mundial en armas durante 2013, Estados Unidos explicó el 37% y China el 11%, representando entre ambos países cerca de la mitad del total global. En tercer lugar aparece Rusia con un 5%, seguida de Arabia Saudita (3,8%) y Reino Unido (3,3%).

·         Los países que más exportaron durante el período 2010-2014 fueron: Estados Unidos con el 31% del total exportado, Rusia con un 27%, y luego China, Alemania y Francia con un 5% cada una.

·         India, con un 15% del total, encabeza la lista de los principales importadores de armas para el mismo período. La siguen Arabia Saudita y China (5% cada una) y Emiratos Árabes Unidos con un 4%.

·         El comercio internacional de armas experimentó una tendencia expansiva en el período 1970-1982 y se contrajo durante los siguientes veinte años para retomar luego su expansión, desde el año 2003 en adelante.

Según datos publicados por el Banco Mundial[ii] el gasto militar mundial representó en 2013 el 2,3% del PIB global, porcentaje que se mantiene relativamente estable desde el año 2005. Si consideramos el período 2005-2013, se observa que Estados Unidos destinó en 2010 el 4,7% de su PIB a gastos militares y desde entonces ha ido descendiendo hasta ubicarse en 3,8% en el año 2013. Rusia, por el contrario, ha incrementado su presupuesto militar pasando de un 3,2% en 2011 a un 4,2% en 2013. China y Reino Unido han ido en sincronía con el promedio mundial y para 2013 destinaban el 2,1% y 2,2% respectivamente de sus PIB al gasto militar. Argentina osciló entre el 0,7% y 0,8% del PIB a lo largo de todo el período observado.


Negocio bomba

La guerra no es gratis. Las injustificables pérdidas humanas y materiales son imposibles de cuantificar. Pero los ingresos de los fabricantes de armas pueden calcularse hasta el último centavo. Del Top 10 de las empresas productoras de armas y servicios militares seis son de origen estadounidense, una británica, una europea, una italiana y una francesa[iii].



Algunas de ellas se dedican casi exclusivamente a la producción de armas (BAE Systems, Raytheon) mientras que otras producen también otros bienes (Boeing, EADS, Finmeccanica). Tomemos el caso de las cuatro principales empresas de origen estadounidense y observemos cómo varió la cotización de sus acciones desde comienzos del año 2000 hasta hoy. Lockheed Martin incrementó el valor de su acción 889,63%, Boeing 284,15%, Raytheon 320,90% y Northrop Grumman 592,24%. Cifras que, por sí mismas, resultan impactantes. Pero ¿qué sucede si las comparamos con el índice Dow Jones, que reúne las acciones más representativas de la Bolsa y, por ende, sirve como referencia del total negociado? Pues bien, el incremento del Dow Jones para el mismo período fue de 58,99%[iv], muy por debajo de los valores mencionados previamente. Todo parece indicar que el negocio de la fabricación de armas es muy rentable.
Para lograr estos beneficios impresionantes, las empresas fabricantes de armas deben asegurarse que su voz llegue a oídos de quienes deciden sobre asuntos de Defensa, y para ello se valen principalmente del lobby. En Estados Unidos el lobby es una actividad legal y, por lo tanto, sujeta a regulación. La Asociación Industrial de Defensa Nacional (http://www.ndia.org) ha agrupado desde 1919 bajo distintas denominaciones, a empresas del sector armamentístico norteamericano. Hoy cuenta con aproximadamente 1.600 miembros corporativos y más de 91.000 miembros particulares del ámbito de la Defensa y la industrial nacional. Creada como una organización apolítica y sin fines de lucro, su objetivo es fomentar el progreso en la ciencia, la ingeniería, la educación y el manejo de la defensa nacional. Actualmente tiene como misión “Proveer un foro legal y ético para el intercambio de información entre la Industria y el Gobierno, en materia de Seguridad Nacional”[v]. Es a través de esta asociación que los contratistas del sector de Defensa le informan al Gobierno sus inquietudes acerca de la Seguridad Nacional. Para que el flujo de dinero hacia el sector no se detenga debe asegurarse una demanda permanente de armas, es decir, de conflictos. Y si no existen, se los crea. Y de ser posible, lejos de casa, como en Medio Oriente, por ejemplo. Estados Unidos, como se señaló, es el principal exportador de armas, mientras que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos figuran entre los principales importadores. La demanda y el suministro de armas parecen estar aseguradas.      


Miedo desmedido

Ulrich Beck[vi] considera que vivimos en un mundo en donde la histeria y las políticas basadas en el miedo son instigadas y agravadas por los medios de comunicación, dando origen a una paradoja: la promesa de seguridad contribuye al incremento de los riesgos. Cuando todo se “vende” como tan seguro entonces cada accidente viola las bases del derecho inamovible a la seguridad que fue prometida. Estamos, permanentemente, intentando anticipar y prevenir riegos cuya existencia, en muchos casos, no ha sido probada. Ante la producción de incertidumbres fabricadas que se presentan como insuperables, la sociedad necesita más que nunca confiar e insistir en el control y la seguridad. He ahí otra ironía. Los políticos pueden verse forzados a proclamar una seguridad que no pueden satisfacer, ya que los costos políticos por omisión son mucho mayores que los costos de sobrerreacción. Asistimos a la combinación de promesas estatales de seguridad y medios de comunicación hambrientos de catástrofes. Y entre ambos, el complejo militar industrial al que Eisenhower hacía referencia en 1961. El ansia de lucro parece haber relegado a un segundo plano a cualquier tipo de valoración moral o ética acerca de las implicaciones de la guerra. Hoy en día, contrariamente a lo enunciado por Sun Tzu, las armas parecen usarse incluso cuando hay otras alternativas.




[i] https://www.youtube.com/watch?v=CWiIYW_fBfY[ii] http://datos.bancomundial.org/indicador/MS.MIL.XPND.GD.ZS/countries/1W-US-RU-CN-AR-GB?display=graph[iii] El ranking no incluye empresas chinas ya que no se dispone de información fidedigna al respecto.[iv] http://yhoo.it/1I1pwJN?soc_src=default[v] http://www.ndia.org/AboutUs/Pages/default.aspx[vi] http://www.cidob.org/es/publicaciones/documentos/dinamicas_interculturales/vivir_en_la_sociedad_del_riesgo_mundial_living_in_the_world_risk_society

martes, 24 de febrero de 2015

Desgrecia con Merkel

Hace tiempo que la situación política y económica de Grecia ocupan un sitio destacado en las noticias internacionales. Este lugar que vio nacer la democracia hace miles de años,  se enfrenta hoy a una realidad compleja que tiene expectante al mundo entero. Tras años de desaciertos –a veces propios, a veces ajenos– el presente del país helénico no termina de aclararse: la reciente victoria de la izquierda ha sacudido Europa y plantea un escenario incierto para el futuro inmediato del viejo continente.

Pasado

La idea de una unión económica y monetaria europea se remonta al período de entreguerras. Sin embargo, no fue hasta la década del 90 (más precisamente 1992, año en que se celebró el Tratado de Maastricht) que comenzó a instrumentarse la arquitectura de la unión europea actual. Once países fueron seleccionados para reemplazar sus monedas por el euro, a partir del 1 de enero de 1999. Grecia, que no estaba dentro de los once países pioneros, adoptó la divisa única el 1 de enero de 2001 y se transformó en el miembro número doce. La pregunta que surge entonces es ¿qué determina que un país pueda adoptar el euro como moneda doméstica? Existen cuatro Criterios de Convergencia que el país aspirante debe cumplir: 

  • estabilidad de precios: la tasa de inflación del Estado candidato no debe sobrepasar en más de 1,5% la de los tres mejores Estados miembros.
  •  Finanzas públicas sostenibles: el déficit público anual no debe ser mayor al 3% del PIB y la relación entre deuda pública y PIB no debe exceder el 60%.
  • Participación ininterrumpida –y exenta de tensiones graves– por dos años en el mecanismo de cambio europeo, mecanismo que regula el tipo de cambio entre el euro y las monedas de los Estados miembros que no han adoptado la moneda única.
  • Convergencia de los tipos de interés a largo plazo: el Estado candidato no debe sobrepasar en más de un 2% al valor de referencia, que se obtiene calculando la media del tipo de interés a largo plazo de los tres Estados miembros de la UE con los mejores resultados en materia de estabilidad de precios.
Grecia nunca los cumplió. ¿Cómo logró ser admitida? Mintiendo. En 2004, tres años después de haber sido incorporada a la eurozona, el partido conservador Nueva Democracia ganó las elecciones e impulsó una auditoría. La nueva administración descubrió que el déficit público no era 1,5% sino 8,3%. La brecha era preocupante. Pero lejos de comenzar a revertirse, la situación se agravó. Fundamentalmente por dos cuestiones: en primer lugar, Alemania y Francia cerraron el año 2003 con un déficit superior al 3%, pero los ministros de finanzas de los Estados miembros se reunieron en Bruselas y decidieron que no habría consecuencias. Desde luego, si los Estados más poderosos no acataron las reglas ni fueron sancionados por ello, no “podían” exigirle a los miembros más débiles que cumpliesen con lo acordado. En segundo lugar, Atenas se preparaba para ser sede de los Juegos Olímpicos y la noticia del descalabro fiscal tendría un impacto anímico devastador en los griegos –además de funcionar como disparador de huelgas y otras medidas de fuerza–. Así, aprovechando las bondades de pertenecer a la eurozona, Grecia se endeudó a una tasa baja para cubrir el déficit.
La crisis financiera originada en Estados Unidos en 2008 llegó a Europa y encontró a Grecia en una situación de total vulnerabilidad. Con “ayuda” de Goldman Sachs, Atenas siguió endeudándose a espaldas de la UE (principalmente mediante swaps de divisas y derivados financieros), para tratar de achicar su creciente déficit público. Finalmente en 2010, con un déficit de 13% y una relación entre deuda pública y PIB de 120%, solicitó la ayuda del FMI, la UE y el BCE (Banco Central Europeo): había nacido la troika. La ayuda llegó, en forma de nuevos préstamos, pero esta vez acompañada de una serie de condicionamientos: reducir el gasto público, avanzar con privatizaciones y reestructurar la deuda en manos de privados. Desde entonces, las protestas sociales y el desempleo han ido en aumento, mientras que el PIB se ha desmoronado estrepitosamente (lo cual dio lugar a la paradoja de incrementar la relación entre deuda pública y PIB poco después de protagonizar la mayor reestructuración de deuda de la historia llevada a cabo en 2012). En 2013, durante su campaña electoral, la canciller de Alemania Angela Merkel afirmaría que “no debería haberse aceptado el ingreso de Grecia a la eurozona”.



Presente

En este contexto de descontento social provocado por la crisis económica surge un espacio político de corte progresista que asegura tener la voluntad, y las herramientas, para terminar con la grave situación griega. Así hace su entrada en escena SYRIZA, una coalición de grupos de izquierda surgida en 2004, catalogada como populista por los sectores más conservadores de la UE. Entre 2012 y 2014 se transformó en el principal partido opositor y, ante la imposibilidad del Parlamento para elegir presidente, resultó triunfante en las elecciones parlamentarias celebradas en enero de 2015 obteniendo poco más del 36% de los votos. La propuesta de Alexis Tsipras (líder de SYRIZA) es terminar con las políticas de austeridad y renegociar las condiciones de la deuda pública griega, pero dentro del marco de la UE, es decir, sin renunciar al euro como moneda. En principio parece muy difícil conciliar ambos objetivos, pero Tsipras  apuesta fundamentalmente a atacar la evasión y la corrupción, bajar el gasto militar e introducir una serie de impuestos progresivos. Entre las primeras medidas adoptadas por la nueva administración se encuentran la suba del salario mínimo al nivel que se encontraba previo a los recortes (€751), el restablecimiento de las negociaciones sindicales, reincorporación de casi 10.000 funcionarios despedidos, la restitución del acceso universal al sistema público de sanidad y la suspensión –y revisión– de privatizaciones. Pero no todas son buenas noticias, hubo un retiro masivo de depósitos que comprometieron seriamente la liquidez del sistema bancario griego. La ayuda vigente de la troika con vencimiento 28 de febrero fue tema de discusión durante la semana pasada (período en el cual se retiraron €3 mil millones de los bancos), y lo seguirá siendo a lo largo de ésta. Con una deuda de €315 mil millones (175% del PIB) y ante el riesgo de quedarse sin dinero en el corto plazo (Grecia no imprime euros) el ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, se reunió con sus pares de los países miembros de la eurozona en Bruselas y debió realizar una serie de concesiones para obtener una extensión de cuatro meses del rescate. Atenas tuvo que comprometerse a no suspender el pago de la deuda, ni aplicar ninguna quita, a mantener el equilibrio presupuestario y a aceptar la supervisión de las “instituciones” (que no es otra cosa que la troika, bajo una nueva denominación). La confirmación de la extensión ha quedado supeditada a la propuesta que Atenas presentará por escrito a la UE en donde tendrá que especificar una serie de reformas necesarias para asegurar el cumplimiento de los compromisos asumidos. El ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dijo en Bruselas que “para los griegos será difícil explicarle los términos del acuerdo a sus votantes”. Por su parte, Varoufakis respondió que nadie los obligará a imponer sobre su economía y sociedad medidas con las cuales no estén de acuerdo. Parece que todo esto no ha hecho más que comenzar.

Futuro

Hasta aquí lo sucedido. Y de ahora en adelante ¿cómo sigue todo? Nadie sabe con certeza qué es lo que va a suceder, pero aun así pueden ensayarse algunos posibles escenarios futuros. La cuestión fundamental pasa por la permanencia de Grecia en la eurozona. Y es aquí donde los caminos se bifurcan ya que, si bien existen Criterios de Convergencia para ingresar a la divisa europea, no se pensó en establecer los criterios para salir de ella. Esta incertidumbre es a los pronósticos económicos lo que la humedad es a los hongos: estimulan la aparición de múltiples ejemplares. Desde panoramas apocalípticos que hablan de desabastecimiento, caos social e incluso golpes de estado si Grecia decide abandonar la eurozona, hasta el renacer del mundo helénico con el resurgimiento del Dracma (moneda griega). Pueden encontrarse infinidad de pronósticos. El euro de diecinueve países, tal como existe hoy probablemente ya no tenga posibilidades de sobrevivir. Es irracional hacer converger bajo una misma moneda, tasa de interés, déficit público e inflación a economías tan disímiles como Alemania, Grecia, Austria y Letonia (por citar algunos Estados miembros). Como tantas veces se ha visto a lo largo de la historia, una política concebida para brindar estabilidad y cooperación acabó por tener el efecto contrario. Si se descartan las posiciones extremas, Grecia tiene más para ganar que para perder en una eventual salida del euro. Recuperaría autonomía al poder disponer soberanamente de una herramienta fundamental para cualquier economía como lo es la política monetaria;  y ello daría un mayor margen de maniobra a la política. Lógicamente no se trataría de un camino fácil: el 60% de la deuda pública griega está en manos de otros Estados de la eurozona, y una salida del euro implicaría una reestructuración con quita; lo cual haría quedar muy mal parados a los dirigentes europeos que harían caer el peso del canje sobre sus contribuyentes: alemanes, franceses, españoles “pagarían los platos rotos de la fiesta griega”. Por el momento Grecia no planea salir de la eurozona, como tampoco el resto de los Estados miembros parece tenerlo entre sus planes. No obstante, Atenas muestra signos de acercamiento con Rusia (su plataforma incluye retirar a Grecia de la OTAN e incluso ha votado en contra de las sanciones contra la ex URSS) y China, quienes podrían acudir en auxilio de Atenas ante una eventual salida del euro. España, por su parte, observa de cerca el derrotero de Grecia ya que la contrapartida ibérica de SYRIZA (el partido político Podemos) sigue sumando adeptos y amenaza con ganar las próximas elecciones. La suerte de Podemos parece estar atada a la de SYRIZA, dado que en caso de lograr una salida exitosa del euro, esto podría ser interpretado como la prueba de que una alternativa a los programas de Merkel es posible.


Sea cual sea el camino que siga Grecia, éste no será sencillo de atravesar. ¿Llegará el momento en que la tragedia griega vuelva a ser sólo un género teatral?

lunes, 12 de enero de 2015

Dolarosa decadencia

La FED (Reserva Federal de Estados Unidos) inunda de dólares el mundo. Rusia se ve forzada a devaluar el rublo. China firma acuerdos swap con más de veinte países. Grecia amenaza con abandonar el euro. Japón no descarta devaluar el yen. Todos los días nos cruzamos con afirmaciones como estas: las leemos en diarios o las escuchamos por radio o televisión.  Y del mismo modo que escuchamos el pronóstico del tiempo o los resultados deportivos, las noticias económicas internacionales (monetarias, en este caso) forman parte del conjunto de información que recibimos cotidianamente pero que no dedicamos mucho tiempo a analizar. Si bien este mecanismo de defensa es saludable, de vez en cuando es importante detenerse en estas cuestiones que parecen no influir en nuestro día a día. Vivimos una época de cambios y, para poder apreciar mejor el cuadro, es necesario alejarse unos pasos. ¿Cómo llegamos a esta denominada “guerra de divisas”? ¿Cómo funciona el sistema monetario global? ¿Quién controla el valor de las monedas? ¿En qué incide el tipo de cambio? ¿Cuál es la situación actual del mundo en cuestiones monetarias?


Bretton Woods y el mundo dolarizado

Hacia 1944 el resultado de la Segunda Guerra Mundial ya era irreversible y Estados Unidos se encontraba en una situación inmejorable: a excepción de Pearl Harbor no había sufrido ningún ataque dentro de sus fronteras y, al igual que luego de la Primera Guerra Mundial, su saldo financiero respecto al resto de los aliados era netamente acreedor. La intervención de Estados Unidos había sido decisiva para torcer el rumbo del conflicto y, al asomar el fin del mismo, se erigía como primera y única potencia en el mundo de posguerra. Consciente de su posición privilegiada pudo imponer sus condiciones al resto del planeta sin mayores sacrificios -a excepción de la URSS, que se mantuvo al margen del nuevo sistema capitalista global-. De los acuerdos de Bretton Woods nacieron el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), pilares del nuevo orden monetario global destinado a evitar las crisis que tanto habían dañado al mundo en el período de entreguerras. El FMI fue concebido con el objetivo de articular, en colaboración con los Bancos Centrales (BC) de cada país, las relaciones económicas internacionales. Se fijó la paridad de las monedas respecto al dólar, que a su vez fue indexado al oro. Cualquier variación por encima del 1% de una divisa respecto al dólar o al oro obligaba a una intervención del Banco Central del país pertinente. Así funcionó -con algunas correcciones- hasta que en 1971 Estados Unidos rompió unilateralmente la paridad del dólar con la onza de oro, oficializando la devaluación de su moneda. Los BC de los países industrializados decidieron entonces dejar flotar el tipo de cambio, abandonando la cotización de su moneda librada a la interacción entre la oferta y la demanda. Aunque existe la denominada “flotación sucia” en donde los BC intervienen para incidir en el tipo de cambio, éstos ya no tienen el control absoluto sobre el valor de sus monedas. La paridad con el oro se abandonó y, si bien la onza sigue siendo un valor de referencia y reserva, el mundo entró en una etapa de dinero casi exclusivamente fiduciario.


Política y monetaria

No es recomendable abusar de los reduccionismos, pero a veces pueden ser una herramienta útil: así podría decirse que un Estado se define por su bandera, su territorio y su moneda. La moneda es parte de la identidad, algo que llega a trascender lo exclusivamente financiero y económico. En la Universidad se enseña que un gobierno tiene, en materia económica, dos grandes herramientas: la política fiscal y la política monetaria. La primera abarca, entre otras cosas: cuestiones impositivas, de gasto público, transferencias, producción e inversión. La segunda se ocupa del dinero: la emisión, la tasa de interés, el tipo de cambio. Ambas son fundamentales para la administración del conjunto de la economía y, aun así, no es extraño observar como -a veces por propia voluntad y otras veces por voluntad ajena- algunos Estados carecen del control necesario sobre ellas. Renunciar al manejo de la política monetaria -como fue el caso de Argentina durante la convertibilidad, o como lo es actualmente el de los países de la eurozona- es equivalente a intentar avanzar en un bote con un solo remo: lo más probable es que uno termine moviéndose en círculos. Incluso en Estados Unidos, la FED es autónoma de la administración central: el gobierno no controla directamente la cantidad de dólares que imprime. Con el argumento de la transparencia y la objetividad en el manejo de las finanzas públicas, los grandes banqueros estadounidenses lograron hacerse con el control absoluto del flujo de dólares. Si la administración central desea inyectar dinero al mercado, debe pedirle prestado a la FED, dando lugar a la paradoja de que el gobierno de Estados Unidos puede emitir su propio dinero sin incurrir en una deuda. Por su parte, en los casos en los que las administraciones centrales no han renunciado al control de la política monetaria su margen de maniobra se ve cada vez más acotado: existe un gigantesco mercado de divisas a escala planetaria que nunca duerme y que mueve cantidades de dinero con las que muchos BC no pueden ni siquiera soñar. Ahí la especulación está a la orden del día y los inversores privados le disputan (en una lucha cada vez más desigual) el control de su propia moneda a todos los países del mundo. Pero ¿en qué influye el valor de una moneda en el conjunto económico global? Bueno, parecería existir una ¿ley? económica que postula que una moneda devaluada favorece las exportaciones del país emisor y, por ende, mejora sus términos comerciales con el resto del mundo. Pero este principio puede asimilarse a un juego de suma cero, en donde los beneficios que un Estado obtiene por tener una moneda devaluada son equivalentes a los perjuicios del resto por tener monedas sobrevaluadas. Además, dependiendo de la estructura productiva de un país -principalmente su nivel de dependencia de las importaciones- contar con una moneda excesivamente devaluada puede tornarse en un problema más que una en solución. Así, el tipo de cambio está condenado a mantener un equilibrio permanente en donde el margen de error es cada vez más reducido. En este contexto, una pequeña piedra que cae puede provocar una avalancha en cuestión de segundos.


¿Estamos en guerra?

El Ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega, fue el primero en advertir en 2010 sobre la denominada “guerra de monedas”, al referirse a la situación en la cual varios países ingresaban en una espiral devaluatoria, con el objeto de abaratar sus bienes y servicios. El mundo ha sufrido cambios importantes desde entonces, pero la realidad parece haber avanzado en el sentido anunciado por Mantega. Si bien Estados Unidos ha comenzado hace pocos meses a revertir la tendencia devaluatoria del dólar, durante un período prolongado mantuvo tasas de interés cercanas a cero con el fin de asegurar un flujo permanente de dólares a un mundo que se enfrentaba (y continúa haciéndolo) a una de las mayores crisis financieras de su historia. El Banco Central Europeo (BCE) tuvo que hacer frente a una crisis de deuda de grandes dimensiones que se trasladó desde los países centrales hacia los periféricos, y propuso como solución medidas de austeridad que provocaron que la relación Deuda/PBI alcanzara niveles alarmantes. Una posible lectura es que la crisis se prolongó intencionalmente para poder avanzar con medidas impopulares, fundamentalmente aquellas relacionadas a reducir o eliminar el Estado de Bienestar; pero la validez de esta interpretación queda reservada al lector. China, por su parte, ha basado gran parte de su espectacular crecimiento en una moneda “débil” y ha sido objeto de reiterados reclamos (por parte de Estados Unidos y Europa, principalmente) para revaluar el yuan. El gigante asiático acusó recibo y, a su ritmo, ha comenzado un proceso de apreciación e internacionalización de su moneda, fundamentalmente a través de acuerdos bilaterales de intercambio de divisas –swap– con más de veinte países y con la emisión de deuda pública en yuanes en los principales centros financieros mundiales. Esto parece ser parte de un desarrollo natural, ya que China se ha transformado en la primera economía del planeta y requiere una mayor autonomía de Occidente. Finalmente aparece en escena Rusia, que ha sido objeto de múltiples sanciones financieras y económicas a lo largo del último año como consecuencia de su incursión en Crimea. La baja del precio del petróleo –Rusia tiene una fuerte dependencia de la exportación de hidrocarburos para equilibrar sus cuentas domésticas–, sumada a las mencionadas sanciones (impuestas por Estados Unidos, fundamentalmente), hicieron que el rublo se devalúe cerca de un 40% en relación al dólar y obligaron al Banco Central de Rusia a desprenderse de una parte significativa de sus reservas y a aumentar considerablemente la tasa de interés con el fin de frenar la desestabilización de su moneda. En dicho contexto, China anunció una asistencia monetaria de disponibilidad inmediata en caso de que Rusia lo requiera, para reducir la incertidumbre cambiaria y garantizar el comercio entre ambos países. Atravesamos un período de cambios y los movimientos en la esfera monetaria parecen dar cuenta de ello.


La nueva arquitectura

El planeta avanza hacia la multipolaridad y su consecuencia monetaria es la desdolarización. La irrupción de China, el retorno de Rusia y las prolongadas crisis en Estados Unidos y Europa hacen difícil pensar que todo pueda volver a ser como hasta hace poco tiempo fue. El mayor desafío de los próximos años será diseñar nuevas instituciones para este nuevo mundo que se avecina. Del mismo modo que los andamios se modifican a medida que avanza la construcción de un edificio, el sistema monetario financiero internacional establecido en Bretton Woods deberá modificarse antes que el mundo se desmorone sobre él.



viernes, 5 de diciembre de 2014

Siempre es oil

Hablar de la relevancia del petróleo en el mundo contemporáneo es redundante. Del total de la oferta energética global, los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) representan casi el 82%, lo que significa que tanto el sector productivo como los hogares somos altamente dependientes de este tipo de energía.  Es lógico pensar entonces que el precio de este insumo estratégico afecta al mundo entero, aunque no lo hace del mismo modo para todos. La volatilidad de este mercado no es algo nuevo: la primera crisis data de 1973 cuando la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (OPAEP) proclamaron un embargo contra Canadá, Japón, Holanda, Reino Unido y Estados Unidos en respuesta a la intervención de este último en la Guerra de Yom Kippur. Desde entonces el mercado mundial de petróleo ha alternado períodos de estabilidad e inestabilidad de distintas duraciones. ¿Las causas? Múltiples: desde factores geopolíticos hasta especulación financiera, pasando por innovaciones tecnológicas y cambios en el nivel de actividad económica mundial. Así llegamos a la más reciente crisis (o anticrisis, según desde donde se lo mire) que nos toca vivir hoy, en donde se combinan algunos factores novedosos con otros que no lo son tanto. ¿Por qué bajó un 37% el precio del petróleo en sólo seis meses? ¿Quiénes ganan y quiénes pierden con esta baja? ¿Cómo afecta a Argentina esta situación?



¿Por qué baja el precio del petróleo?

Desde que desplazó a Gran Bretaña a fines del siglo XIX, Estados Unidos ha sido la mayor economía del mundo. Este rol central lo transforma en un actor decisivo en infinidad de asuntos: el petróleo es uno de ellos. En 1971 Estados Unidos alcanzó su pico máximo de producción de hidrocarburos y, desde entonces, su producción fue decreciendo. Hasta hoy. ¿Qué fue lo que pasó? En primer lugar debe señalarse que la disminución en la producción de petróleo estadounidense no se debió a una escasez del recurso, sino a una decisión estratégica: en un mundo volátil como el de la Guerra Fría, Estados Unidos decidió conservar una mayor parte de sus reservas e importar un volumen cada vez mayor de petróleo, lo que le daría un margen mayor de autonomía energética si los flujos comerciales se cortaban como consecuencia de un nuevo conflicto mundial. Esta decisión excedía lo puramente económico y obligaba a Estados Unidos a mantener (e incrementar, de ser posible) su influencia en las zonas productoras de petróleo, fundamentalmente en Medio Oriente. La crisis energética estadounidense de la década de 1980 mostró hasta qué punto su economía dependía de recursos que no siempre podía controlar (la caída del Sha en Irán es una muestra de ello). Así, y ante el inminente decline de la URSS, Estados Unidos retomó el camino de la soberanía energética. Los procesos de exploración y extracción precisan largos períodos de tiempo para dar resultados, pero el punto de inflexión que marcó el quiebre en la producción de combustibles fósiles en Estados Unidos fue tecnológico; dos nuevas tecnologías revolucionaron el sector: la perforación horizontal y el fracking. ¿Cómo cambia la ecuación con estas nuevas variables? Reservas de petróleo de esquisto (también denominado shale) cuya explotación resultaba antieconómica dado que los costos superaban los ingresos, pasaron a ser económicamente viables desde la aparición de dichas tecnologías. Como consecuencia, entre 2008 y 2013, la producción de crudo estadounidense se incrementó un 50%. Si bien Estados Unidos no es un exportador de energía, este incremento en la producción presiona a la baja los precios del petróleo. El incremento de la oferta de petróleo doméstica estadounidense se traduce, fuera de su frontera, en un descenso de la demanda de petróleo en el mercado global. A este factor debemos sumarle (o restarle) el desaceleramiento de la economía mundial a partir de una reducción en las tasas de crecimiento de, fundamentalmente, China y Europa.  Si la demanda de petróleo baja, su precio también lo hace.
¿Y qué pasa del lado de la oferta? Cerca del 81% de las reservas de petróleo comprobadas del mundo están localizadas en los países miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Fuera de la OPEP, Canadá y Rusia son los países que cuentan con las mayores reservas. La OPEP funciona como un cartel, en donde sus miembros acuerdan actuar en conjunto suministrando una determinada cantidad de producto para influir de manera directa en el precio de venta. Teniendo el 81% del total de petróleo del mundo no debería ser difícil fijar el precio del mismo a través de la administración de la oferta, pero ante la perspectiva de cambio de Estados Unidos de importador a exportador neto, dicho poder de mercado podría peligrar. El pasado 27 de noviembre tuvo lugar en Viena el 116° encuentro de la OPEP, en donde (a pesar del disenso de Venezuela e Irán, fundamentalmente) se decidió mantener la cuota vigente de suministro de barriles bajo el argumento de brindar estabilidad al mercado y contribuir a su equilibrio. Arabia Saudita es, de todos los miembros de la OPEP, quien mayor cantidad de barriles ofrece en el mercado. Y Arabia Saudita es un aliado estratégico de Estados Unidos en la siempre volátil región de Medio Oriente.


¿Quiénes ganan y quiénes pierden con esta baja en el precio del petróleo?

Del lado de los ganadores debemos ubicar, lógicamente, a Estados Unidos. Acercarse a la autosuficiencia energética implica reducir el déficit comercial originado en las cuantiosas importaciones de petróleo que comienza a reemplazar por producción propia. Además, como todo incremento en la actividad, podrá generar puestos de trabajo y riqueza en una economía que aún no se termina de recuperar de una de las mayores crisis de su historia. La industria petroquímica y del acero, que dependen del gas como insumo estratégico, se verán beneficiadas por la baja del precio de los hidrocarburos. Finalmente, cuando Estados Unidos se convierta en exportador de energía, podrá aportar a la estabilidad de un mercado que le es demasiado sensible a sus intereses políticos y económicos. Otros países que se ven beneficiados por esta situación son los importadores netos de combustibles fósiles, siendo los más grandes China e India. Beijing podría aprovechar esta coyuntura para acercarse a Moscú por cuestiones energéticas, lo cual serviría para sentar las bases de una relación geopolítica, en donde sea China quien asuma la posición dominante esta vez. Finalmente, la economía global debería verse beneficiada por la baja en el precio de un insumo clave como lo es la energía, cuyo efecto se manifestaría en un incremento del Producto Bruto Mundial.
Del lado de los perdedores encontramos a todos los países exportadores de petróleo, particularmente aquéllos que no cuentan con economías diversificadas y dependen del precio internacional de los hidrocarburos para equilibrar sus cuentas fiscales. En este grupo podemos encontrar a México, Venezuela, Angola, Nigeria, Arabia Saudita, Irak e Irán (entre otros). Pero el que tiene más por perder en el corto plazo es Rusia, que si bien cuenta con grandes reservas de gas de esquisto le llevará un tiempo poder explotarlas. El principal cliente de Rusia es Europa y la posible aparición de Estados Unidos en el tablero le quita a Moscú una importante herramienta para negociar el precio del gas con sus clientes en el Viejo Continente. Además Rusia depende demasiado de sus exportaciones de hidrocarburos, por lo que un precio bajo impactaría en las posibilidades de crecimiento de su economía doméstica. Ante este panorama (sumado a las sanciones económicas producto de su incursión en la península de Crimea) Moscú ya está buscando nuevos horizontes en Asia, además de comenzar a oponerse a la posibilidad de que Europa incursione en la explotación de gas de esquisto, basándose en cuestiones relacionadas al impacto medioambiental. Sin embargo, y a la luz de los recientes acontecimientos, tanto Europa como Estados Unidos comienzan a comprender que una Rusia más débil no significa una Rusia menos desafiante.
El otro actor relevante en este juego es Arabia Saudita. La monarquía saudí ya enfrenta algunas dificultades fiscales como consecuencia del incremento en el gasto público y de asistencia a otros gobiernos sunitas de la región; medidas que fueron adoptadas como respuesta a la Primavera Árabe. Además su demanda energética doméstica sigue creciendo, pudiendo llegar en el mediano plazo a consumir más energía de la que actualmente exporta. El país cuenta con abultadas reservas monetarias que le permitirán sostener su nivel de actividad durante un período de bajos precios de petróleo, pero no podrá sostenerlo indefinidamente.
En lo que respecta a la región, Venezuela está  sufriendo el bajo precio del petróleo. Se trata del país con mayores reservas comprobadas de petróleo y su economía es totalmente dependiente de la exportación de hidrocarburos. Un menor ingreso derivado del comercio exterior necesariamente impactará en la economía doméstica del país. Herramientas para contrarrestar dicho impacto negativo hay varias: desde una devaluación hasta la sustitución de importaciones, pasando por el incremento del precio de la nafta (que actualmente se encuentra a un nivel tan bajo que roza lo ridículo) y un recorte en los gastos (el presidente Maduro anunció que se revisarán los sueldos de la plana mayor del gobierno y empresas públicas).


¿Cómo afecta a Argentina esta situación?

Una pregunta lógica sería ¿por qué no baja el precio de la nafta?  La respuesta es que en 2007, en un contexto de suba del precio del petróleo, Argentina decidió desacoplar el precio interno de los hidrocarburos del mercado mundial, fijando un precio muy por debajo del vigente en aquel entonces. Lo que en su momento fuera una medida a favor del bolsillo de los consumidores, el contexto actual invita a replantearse su efecto. No obstante, parece imposible pensar en una baja en el precio de la nafta dado el impacto negativo que eso tendría en las distribuidoras de combustibles locales (fundamentalmente YPF). Por otro lado aparece Vaca Muerta en el horizonte y la duda sobre su viabilidad en un escenario de precios internacionales a la baja. Galuccio (titular de YPF) afirmó que Vaca Muerta no está en riesgo y que, en todo caso, habrá que ser más competitivos y ajustar los costos. Sólo el tiempo dirá si tiene razón.


Petróleo, política y futuro.

El panorama actual abre un sinfín de posibilidades sobre el futuro de un sector clave como es el energético. Hoy son más las preguntas que las respuestas. Estados Unidos se encuentra con una posibilidad inmejorable para intentar sostener su papel preponderante en el mundo, pero varios países que aspiran a reconfigurar un escenario internacional multipolar también pueden sacar provecho de esta situación. ¿Será este el golpe de suerte que necesitaba Estados Unidos para prolongar su hegemonía? ¿Capitalizará China esta coyuntura para dar un paso firme en su objetivo de liderar la economía mundial? ¿Resurgirá Rusia como una potencia continental y global? Imposible saber cómo será el mundo en los próximos años. Pero seguramente no será el mismo que hoy.


  

lunes, 20 de octubre de 2014

Brasil en números

La ciencia económica muchas veces abusa de la estadística y pretende explicarlo todo con cifras y gráficos. Lógicamente esto no es recomendable, como tampoco lo es desconocer la utilidad de contar con información cuantitativa al momento de evaluar el desempeño económico de un país. La historia es la misma de siempre: debemos tratar, en lo posible, de evitar los extremos. Habiendo dicho esto, es interesante repasar algunos datos de la economía brasilera de cara al próximo ballotage presidencial.

Pasado.

Brasil, como gran parte de Latinoamérica, atravesó un período neoliberal que duró aproximadamente diez años. Bajo la presidencia de Fernando Henrique Cardoso (electo en 1994 y reelecto en 1998) se logró controlar la inflación gracias al Plan Real, pero a un costo muy elevado: las tasas de interés real pagadas por la deuda pública brasilera se ubicaron entre las más altas a nivel global, lo cual se tradujo en un crecimiento exponencial de la misma, llegando en 2002 (último año de Cardoso en Planalto) a representar el 61,9% del PIB[i]. Al mismo tiempo, la precarización laboral impulsada durante la administración Cardoso se tradujo en un incremento en el desempleo y la informalidad, y éstos en marginalidad, miseria, exclusión, violencia y narcotráfico. Ante la ausencia del Estado, la distribución de la riqueza se hizo cada vez más desigual y las capas inferiores de la clase media tendieron a proletarizarse. La falta de lugares de socialización, junto con la postura conservadora de la Iglesia Católica (que en ese entonces atacaba duramente la Teología de la Liberación), ayudaron a que amplios sectores de la población buscaran refugio en las sectas evangélicas que intentaron mostrarse como una alternativa al narcotráfico para la juventud; además de funcionar como núcleo comunitario y solidario ante la mencionada ausencia del Estado. Con este panorama se encontraba el presidente Lula al asumir su primer período como presidente el 1 de enero de 2003. Utilizando la información disponible a través de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)[ii] veremos la evolución de algunos indicadores en dos momentos: al comenzar el período del Partido de los Trabajadores (PT) en la presidencia de Brasil y al momento más recientemente relevado, es decir: 2002 y 2012/3 (según la disponibilidad de datos) respectivamente. Sin duda sería mucho más enriquecedor poder observar la evolución de los datos en una mayor cantidad de momentos, pero por la naturaleza y extensión de este artículo me veo obligado a analizar los años anteriormente mencionados.


Indicadores demográficos y sociales.

El primer dato a observar es la población total, que creció un 11,5% en el período observado pasando de 179M a casi 200M. Por su parte, el desempleo cayó de un 11,7% a un 5,4% cifra que se ubica por debajo del promedio de la región (6,3%). En este punto es importante señalar la disminución de la brecha que existe entre hombres y mujeres: de un 9,9% y 13,9% de desocupados en 2002 a un 4,4% y 6,5% en 2013, respectivamente. En lo que respecta al salario mínimo real (tomando un índice anual medio, 2000=100) en 2002 dicho valor era de 114,3 mientras que en 2013 había trepado a 202,7; es decir un incremento del 77,3%. La sumatoria interanual (diciembre a diciembre) del Índice de Precios al Consumidor del mismo período arroja un resultado acumulado del 57,5%. Por su parte, el gasto público en educación medido como porcentaje del PIB pasó del 3,9% en 2002 al 5,9% en 2010; mientras que el promedio de años de estudio de la población de 15 a 24 años aumentó de 7,7 a 9,0. En lo que respecta a los servicios básicos, el porcentaje de hogares con desagüe pasó del 55,1% al 66,1% del total, mientras que aquellos con agua pasaron del 84,3% al 90,4% en el mismo período (2002-2012). En materia de salud, el gasto público medido como porcentaje del PIB pasó de un 7,2% inicial a un 9,3% en 2013. Una de las principales políticas del PT (la Guerra contra la Pobreza) parece haber dado resultado: la pobreza se redujo del 37,8% al 18,6%, mientras que la indigencia pasó de un 12,6% a un 5,4% de la población. Finalmente, en la distribución del ingreso medida por el Índice de concentración de Gini (en donde 0 es representa la perfecta igualdad y 1 la perfecta desigualdad) Brasil ha logrado pasar de un 0,634 a un 0,567.

Indicadores Económicos.

El PIB anual a precios corrientes (expresado en millones de dólares) pasó de us$506.041 a us$2.261.555, es decir, se incrementó en un 347%. Por su parte el PIB por habitante a precios corrientes (expresado en dólares) que era de us$2.821,4 en 2002 trepó a los us$11.308,6 en 2013. La deuda externa representaba en 2012 un 13,9% del PIB y las exportaciones (expresadas en miles de dólares) pasaron de us$60.438.650 a us$242.178.054. La Inversión Extranjera Directa (expresada en millones de dólares) dio un salto exponencial desde los us$14.108,1 en 2002 hasta los us$67.541,2 registrados en 2013. La superficie destinada al cultivo de soja (expresada en miles de hectáreas) pasó de 16.365,4 a 24.937,8; es decir sufrió un incremento del orden del 52,4%. En materia energética, la producción de petróleo se incrementó un 41% en el período que abarcan los diez años observados. Finalmente dos indicadores sociales: en relación a la distribución del ingreso se observa una mejora cuando se compara la relación del ingreso medio per cápita del hogar (quintil 5/quintil 1; es decir a cuantos ingresos del 20% más pobre del país equivale el ingreso del 20% más rico) que pasó del 34,4 en 2002 al 22,5 en 2012. Por su parte, la relación de salarios urbanos entre sexos (es decir a qué porcentaje del ingreso de un hombre equivale el ingreso de una mujer) muestra un panorama poco alentador, ya que en diez años sólo pudo incrementarse en 1,5 puntos: de un 78,2% en 2002 a un 79,7% en 2012.

Conclusiones.

Como todo análisis acotado, las cifras que se presentan en este artículo son un recorte subjetivo que, personalmente, considero como una muestra representativa y significativa de la economía brasilera durante los gobiernos petistas. Con esto quiero dejar en claro que la lista de los indicadores presentados no pretende abarcar la totalidad de la información disponible, sino una parte de la misma. El lector podrá complementar la información aquí expuesta con más datos si lo considera necesario. Llegado este punto es momento de hacer un balance final: los datos muestran mejoras significativas evidentes en la economía brasilera de los últimos años: el marcado descenso de la pobreza y el desempleo son quizás los pilares sobre los que descansa la nueva economía brasilera. Pero sería un error considerar que ya se ha alcanzado el bienestar total de la población, ya que esta nueva configuración social representa un nuevo desafío para los próximos años. Las familias brasileras han logrado una mejora sustancial en sus niveles de vida en el ámbito de sus hogares; el siguiente –lógico- paso es lograr una mejora similar cuando traspasan la puerta de su casa: fundamentalmente en lo relativo a la seguridad y el transporte. La sociedad ha pasado de una demanda cuantitativa (más escuelas, más hospitales, más trabajo) a una demanda cualitativa (mejores escuelas, mejores hospitales, mejores trabajos). Podríamos decir que esto representa un problema, pero un problema que muchos países quisieran tener. Brasil ha sido y es un país estructuralmente desigual en términos de género y minorías (que muchas veces no son tal, como los negros y mulatos que, según el Censo 2010, representan el 51% de la población) y los datos sociales así lo muestran. Lograr traducir las evidentes mejoras económicas nominales en instrumentos para reducir la desigualdad es quizás el mayor desafío de cara al futuro inmediato que tiene Brasil.     

    





[i] “Las cifras del desastre” por Emir Sader, página 7: tomado de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N°40, octubre de 2002.
[ii] http://estadisticas.cepal.org/cepalstat/WEB_CEPALSTAT/estadisticasIndicadores.asp?idioma=e

lunes, 6 de octubre de 2014

Cambios

Decir que estamos atravesando una época de cambios y transiciones puede sonar a lugar común o a falsa épica, pero hay algo de verdad en esa afirmación. Es difícil percibir cambios en los procesos históricos de los cuales uno es parte, como también es cierto que las grandes transformaciones no suceden de la noche a la mañana: la humanidad no se fue a dormir en la Edad Media y despertó al día siguiente en la Edad Moderna.

Lógicamente resulta imposible (y me atrevería a decir: incluso indeseable) observar la realidad con total objetividad, porque aunque muchas veces no parece, o al menos eso nos quieren hacer creer, la economía, la historia y la política son ciencias sociales. No existen, por lo tanto, respuestas correctas o incorrectas sino diferentes interpretaciones. En este sentido, uno de los mayores logros que pueden atribuirse al sistema político económico mundial vigente es el haber instalado la idea de que el hombre ha alcanzado la frontera del progreso, en la concepción absoluta del término. Fukuyama aportó su granito de arena al proclamar el fin de la Historia y una parte importante del mundo occidental se sintió a gusto con esa perspectiva. El Capitalismo que vivimos se transforma así en la máxima expresión económica de la humanidad, a continuación del cual no hay nada. Esta lectura no es producto del azar sino que emerge como instrumento de los sectores más poderosos en su afán de mantener al status quo fuera de cualquier cuestionamiento posible. Por lo tanto, no debe sorprender que aquellos que ven peligrar su posición privilegiada en el orden vigente intenten desestimar cualquier cambio que signifique un reordenamiento global. Amparados en esta concepción del fin de la Historia (Hegel, perdónalos, porque no saben lo que hacen) se aferran a las estructuras vigentes y desestiman cualquier atisbo de cambio, por más insignificante que parezca.

La 69° Asamblea General de la ONU fue el escenario que muchos líderes aprovecharon para exponer algunos síntomas de que, efectivamente, estamos atravesando una época de cambios. En este sentido, Argentina ha llevado la cuestión de su disputa con los Fondos Buitres al centro de la discusión y ha encontrado un apoyo masivo a su propuesta de construir un marco regulatorio para la reestructuración de deuda de países soberanos. No es este un dato menor, ya que vivimos en el apogeo del Capitalismo financiero (sistema que mueve globalmente por año casi setenta y cinco veces lo que produce la economía real -bienes y servicios- en el mismo período) cuyo corazón reside en Estados Unidos, más precisamente en la ciudad de Nueva York. 


La pregunta que surge entonces es: ¿cómo llegamos a este punto?. Es imposible dar una respuesta amplia en el contexto de este artículo, pero bien vale la pena hacer un breve resumen histórico que permita comprender un poco mejor el presente: cuando el desenlace de la Segunda Guerra Mundial ya era irreversiblemente favorable a los aliados, Estados Unidos, que concentraba cerca del 50% del PIB mundial, consciente de su situación privilegiada sentó las bases del sistema económico financiero mundial de posguerra. Reunidos en Bretton Woods durante el mes de julio de 1944, cuarenta y cuatro países ¿liderados? ¿coaccionados? por Estados Unidos acordaron la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) y basaron toda la economía mundial en la preeminencia del dolar, cuyo valor se ató al oro a una relación fija de us$35 por onza. Daba comienzo de este modo una etapa de liberalización total del comercio que, a pesar de los sobresaltos que ha sufrido a lo largo de todos estos años (la ruptura de la convertibilidad del dolar, la crisis de la OPEP, la crisis de las hipotecas subprime, por citar algunos) continúa vigente.    


Pero el mundo de hoy no es el mismo de Bretton Woods: Estados Unidos ya no es la única potencia global. Ahí están China, Japón, Alemania, Rusia y otros emergentes listos para disputarle su posición de privilegio a la primera economía del mundo. El liderazgo otrora indiscutible es ahora materia de discusión: la última gran crisis capitalista todavía se hace sentir en gran parte del mundo, fundamentalmente en las economías desarrolladas, y la situación de Argentina con los Fondos Buitres asoma en ese contexto como un signo más del agotamiento de la arquitectura financiera diseñada en Bretton Woods. La impoposibilidad de estados soberanos para reestructurar su deuda ha generado preocupación no sólo en el ámbito de la diplomacia, sino también en el mundo académico (premios Nobel incluidos) y mediático. Del mismo modo, como generalmente el dominio económico suele ir acompañado del dominio político, y, así como resulta evidente la necesidad de un cambio en el sistema económico financiero global, varios países también aprovecharon la última Asamblea General de la ONU para pedir un cambio en el Consejo de Seguridad de dicho organismo ante la evidente falta de capacidad mostrada para la prevención y el manejo de situaciones que puedan poner en riesgo la paz mundial (Franja de Gaza, Ucrania, Siria, Irak y Estado Islámico son sobrados ejemplos que justifican dicha posición). No olvidemos un detalle: la Asamblea General fue precedida por una cumbre sobre el cambio climático. Sí, otra vez el cambio.


La estabilidad de los sistemas y las instituciones son fundamentales para la previsibilidad y para garantizar la paz. Pero muchas veces se toma por pétreas construcciones hechas por el hombre como respuesta a una situación determinada en un momento histórico específico. El cambio no es intrínsecamente bueno ni malo. El cambio puede significar ruptura pero también puede ayudar a la continuidad ("cambiar algo para no cambiar nada"). Es lógico que le escapen al cambio aquellos que tienen más para perder que para ganar. Lo que es imperdonable es no dar lugar al debate.



sábado, 20 de septiembre de 2014

El unicornio asustado


El unicornio es el animal nacional de Escocia. En la mitología celta, éste representa la inocencia y la pureza, la vida y la alegría. Pero también hace referencia a la masculinidad y al poder. En el escudo de armas del Reino Unido aparecen enfrentados el león (que representa a Inglaterra) y el unicornio (que, lógicamente, representa a Escocia) con una particularidad: el unicornio aparece encadenado, mientras que el león no tiene ataduras de ningún tipo. El folclore dice que esto se debe a que un unicornio libre es una bestia peligrosa. Existen, además, dos versiones del escudo: la inglesa y la escocesa. En la primera el león aparece sobre el lado izquierdo y es el único de los dos animales que lleva una corona sobre su cabeza. En la versión escocesa es el unicornio el que se encuentra ubicado sobre el lado izquierdo, esta vez coronado al igual que el león.

El pasado jueves se llevó a cabo un histórico referéndum en donde se le preguntó a los escoceses si consideraban que su país debía separarse del Reino Unido. Tratándose de una consulta vinculante pero no obligatoria es interesante destacar la gran concurrencia a las urnas: el 84,59% del total de habilitados para emitir su voto. El resultado final de la consulta consagró al NO con un 55,30% frente al SI que obtuvo el 44,70%. Resulta, como mínimo, llamativo que ante la posibilidad de obtener su anhelada independencia haya triunfado la opción de permanecer dentro del Reino Unido. Como todo fenómeno social cualquier intento de explicación será subjetivo e insuficiente dada la multicausalidad de los mismos. No obstante considero, personalmente, que hubo un factor fundamental que ayuda a explicar el resultado de la consulta: el miedo.

Nada descubro si señalo el rol fundamental que tienen hoy en día los medios de comunicación al momento de formar opinión; pero no por poco novedoso deja de ser esto trascendente. Ayudados por las dudas y los silencios de los partidarios de la independencia escocesa, fundamentalmente en materia monetaria y económica, los medios de comunicación (en sintonía con los unionistas) se encargaron de crear un escenario, como mínimo incierto, que habría de producirse si Escocia optaba por su independencia. Cuestiones relativas a la moneda, los impuestos, la seguridad social, el sistema de salud y las pensiones eran el blanco de especulaciones que llegaban a augurar, en algunos extremos, condiciones cuasi apocalípticas que seguirían a la victoria del SI. Hacer análisis contra fácticos tiene poco (o nulo) valor, pero su eficacia está sobradamente comprobada: apelar a cuestiones irracionales -como el miedo- reporta interesantes beneficios de cara a una población que vive atravesada por la presencia de los medios de comunicación. La solemne imagen de un experto o la opinión del editor de un medio de gran alcance aparecen rodeadas de un aura de autoridad incuestionable difícil de contrarrestar cuando no se cuenta con el mismo calibre comunicacional. Resulta ilógico pensar que alguien elija soberanamente el camino de la subordinación, pero cuando se introducen variables que apuntan a lo emocional antes que a lo racional el resultado escapa a toda lógica posible.

Apelar al miedo y la incertidumbre como recursos para movilizar la opinión de las masas no es algo nuevo y sin embargo su eficacia no parece disminuir. Seguramente no sea este el único factor que explique el resultado del referéndum, pero sin dudas debe tenerse en cuenta al momento de tratar de entender por qué el unicornio continúa encadenado.